Viajar por Nueva Zelanda: Kiwi Exp. – Día 4, 5 y 6 Westport, Lago Mahinapua y Glaciar Franz Josef

El compás volvía a girar, entrabamos a la costa oeste de Nueva Zelanda y teníamos por delante un largo trayecto hasta la ciudad de Queenstown. Una vez más, como casi en todo el viaje, volvíamos a tener la primera fila del bus. La película que se proyectaría distaba mucho de cualquier blockbuster hollywoodense. Repleta de efectos naturales, con la dirección de la madre naturaleza, nos acomodamos para disfrutar de un nuevo espectáculo en el que podríamos poner pausa en cualquier momento y volvernos parte del mismo.

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La costa oeste estuvo signada por la fiebre del oro que tuvo su auge a mitad del siglo 19 en Nueva Zelanda. Miles de esperanzados oportunistas, persiguiendo el sueño de volverse millonarios de la noche a la mañana, se abalanzaron frenéticamente sobre sus solitarias e inhóspitas costas. Para su desgracia, la cura llegó demasiado rápido y solo un puñado se conformó con la extracción del oro negro (el carbón). Pueblos borrados del mapa, ciudades fantasmas y un sin fin de monumentos al minero desconocido son algunos de los vestigios que dejo la minería, una industria que llena pocos estómagos y deja lugares vacíos en cada mesa.

Actualmente algunos pueblos, como lo es Westport, intenta atraer a un turismo que solo utiliza la costa como paso obligatorio hacia el norte. Sus olas parecen traer la respuesta. Para aquellos aventurados en surfearlas la mayoría de hosteles ofrece clases y alquiler de equipos. Para los que prefieren mantenerse en tierra las opciones son escasas o nulas.

La siguiente parada fue el Lago Mahinapua, un rincón único donde la vehemencia del mar y la parsimonia del lago están separadas por solo 10 cuadras. Un clásico dentro del Kiwi Experience, una noche para descansar los pies y castigar el hígado, un crepúsculo que me vio vestido de piloto, en lo que fue una fiesta de disfraces que rozó memorias de un final de secundaria.

Playa - Lago Mahinapua

Playa – Lago Mahinapua

Por último tocamos el Glaciar Franz Josef. Nombrado por el explorador alemán Julias von Haast en honor al emperador austro-húngaro, encierra, según las creencias maoríes, una historia de romanticismo trágico. Una mujer que persuade a su enamorado a escalar la montaña juntos y en su afán de llegar a la cima una avalancha acaba con su vida. Hinehukatere, con el corazón roto por la partida de su amado comienza a llorar y son sus lágrimas congeladas las que darán origen al macizo de hielo.

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Fueron aquellas mismas lágrimas las que nos acompañaron incansablemente durante gran parte de la caminata hacia nuestro esperado encuentro. Por suerte madre, quien estaba en desventaja en las apuestas, pudo llegar y así pude ver a los ojos al primer glaciar de mi vida. Una lengua de hielo cuya boca permaneció oculta entre las nubes, y que solo se dejó ver de a ratos.

Glaciar Franz Josef

Glaciar Franz Josef

Extenuados pero con la frente en alto volvimos sabiendo que la misión había sido un éxito. La ruta girada a la izquierda introduciéndose una vez más dentro del continente. Habíamos dejado atrás la costa oeste, y sin embargo la brújula nos seguía marcando sur. Nuestros próximos destinos eran: Wanaka y Queenstown.

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