El Tesoro mejor guardado del Vaticano

Otro día asomaba en la histórica y emblemática Roma. El sol, tímido él, se despertaba en el horizonte, dejando entrever los primeros rayos de luz del día. La ejecutiva de esa importante empresa se encontraba en el café de costumbre tomando su ristretto antes de comenzar su jornada laboral, la batería de la cámara de fotos de ese turista japonés se había terminado de cargar horas atrás, las tostadas del encargado de la boletería del Coliseo, todavía algo desorientado, producto de las birras que había tomado la noche anterior, acababan de saltar del tostador, y el corazón de esa chica adolescente, cuyo novio había decidido dejar días atrás, continuaba roto. Los habitantes de Roma comenzaban su rutina, y yo abría los ojos en la cama solitaria del hostel céntrico donde estaba hospedado, pensando que mi día sería rutinario como el de cualquier otro turista. Sin embargo, Roma es una caja de Pandora, o parafraseando a Tom Hanks en Forrest Gump, una caja de bombones, ya que uno nunca sabe lo que le puede tocar. Jamás hubiera podido imaginar que ese día, mientras tomaba mi café con leche, y saboreaba mis tostadas con nutella, tendría la fortuna de toparme con uno de los tesoros mejor guardado de la religión cristiana.

Durante el desayuno conocí a tres chicas, porteñas ellas, oriundas de Martínez, al norte de la capital argentina, cuyo plan para ese día incluía una visita especial a la ciudad del Vaticano, la cual yo había recorrido el día anterior, pero al verme escaso de ideas, y en solitario, decidí acompañarlas, algo desganado, ya que era un largo trayecto hasta llegar a las puertas de la Basílica de San Pedro.

Basílica de San Pedro - Vaticano

Basílica de San Pedro – Vaticano

La caminata hasta el Vaticano fue amena, intercambiamos historias de viaje, comentamos nuestros itinerarios a seguir, y disfrutando de la magia que tiene la Vía del Corso, calle neurálgica, repleta de negocios con suvenires y monumentos históricos de la época dorada de la ciudad, comunicando el centro de Roma, con la ciudad del Vaticano, ubicada al noroeste de la misma.

Es muy difícil plasmar en palabras las sensaciones al ir acercándose a la Basílica. Entre la enorme afluencia de gente, uno logra identificar la cara de aquellos fieles, con sus corazones llenos de alegría y esperanza, aproximándose al templo más importante de su religión, quizás buscando una respuesta, habiendo recorrido miles de kilómetros para agradecer la obra de un ser supremo, el cual la mayoría de las personas del mundo, llámese Dios, Alá, Mahoma, Vishnu o Buda, creemos que existe. Por esa misma calle me encontraba caminando, un descreído de la religión, alguien a quién ese día, una experiencia, pondría a prueba lo endeble de sus creencias.

Más yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” (Pedro en latín es Petrus, al igual que roca, por lo que la frase puede ser interpretada como si Pedro fuese la piedra angular de toda la iglesia y religión). Frase que todo aquel que haya estudiado en un colegio religioso, como es mi caso, debe conocer. Una que muchos de nosotros considera una fantasía, un adorno más de la Biblia, un cuento infantil que nuestros padres nos narraban cuando éramos pequeños y que escuchábamos atentos, ansiosos por saber el final.

Basílica de San Pedro - Vaticano

Basílica de San Pedro – Vaticano

Y fue, por casualidad o causalidad del destino, que me encontraba, sin siquiera planearlo, de pie frente a las puertas de la Necrópolis que se encuentran debajo de la Basílica. Sentía una adrenalina, similar seguramente a la que sintió Howard Carter, antes de ingresar a la Tumba de Tutankamón. Un lugar de antaño, sombrío, cuyo aire, espeso, cargado de historia, ingresaba dificultosamente a mis pulmones. Un cementerio con la complejidad y el tamaño de una ciudad, con pasadizos estrechos, mausoleos con historias que se remontaban miles de años en el pasado, escaleras que subían y bajaban. En la compañía de un grupo pequeño, fui avanzando, sorprendido por lo que mis ojos veían y mi cabeza intentaba, descreídamente, asimilar.

Y fue allí, al final de recorrido, y mirando a través de un orifico en una piedra, en cuya superficie se podía distinguir la leyenda “Petrus in Situ”, que pude admirar el tesoro mejor custodiado y atesorado de los Cristianos, los huesos del Apóstol San Pedro. Guardados en pequeñas cajitas acrílicas, los huesos se encontraban, cuidadosamente ubicados, bajo el altar mayor de la basílica. Fue como que de repente todos aquellos personajes imaginarios de los cuales me hablaba mi padre cobraran vida. Me sentía único, privilegiado. Miles de fieles estaban caminando justo arriba mío, personas con una fe inmensamente mayor a la mía, y sin embargo, era yo el que se encontraba allí. Mi día había dejado de ser como el de cualquier otro turista.

Mapa de la Necrópolis que esconde aquel tesoro y su ubicación con respecto a la Basílica - Imagen de en.wikipedia.org

Mapa de la Necrópolis que esconde aquel tesoro y su ubicación con respecto a la Basílica – Imagen de en.wikipedia.org

El guía, seguramente acostumbrado al descreimiento de los visitantes, nos dijo algo que, viniendo de quien hablaba, me sorprendió. “La elección de creer o no queda dentro de cada uno de ustedes”. Nos dijo que la ciencia lo único que había podido comprobar era que esos huesos, los cuales yo seguía observando estupefacto, tenían aproximadamente 2000 años de antigüedad y que pertenecían a una persona de contextura física similar a la cual se describe al Pedro en la Biblia.

Otro plano de la Necrópolis - Imagen de en.wikipedia.org

Otro plano de la Necrópolis – Imagen de en.wikipedia.org

Mi elección frente a aquel tesoro

Dejando todos mis prejuicios de lado, ese día yo elegí creer, elegí creer que hubo una persona hace más de 2000 años que intento difundir la palabra de Dios, una persona que fue perseguida por sus creencias, elegí creer que el mensaje que nos quiso dejar traspasa las fronteras de las riquezas que atesora el vaticano y la Iglesia actual, elegí creer que a pesar de que la ciencia me intente demostrar lo contrario, la existencia de un ser supremo nos hace falta, porque nos da esperanza y nos llena de bondad. Esa esperanza tan necesaria para la humanidad, que nos motiva día a día, y esa bondad que nos convierte en personas de bien. Ese día elegí creer que existe algo más allá de lo terrenal, y me sentí completo, feliz.

El Baldaquino de San Pedro

El Baldaquino de San Pedro

Tengan en cuenta que si desean visitar la Necrópolis, deberán sacar las entradas con la mayor anticipación posible, ya que solo 250 personas son admitidas por día, y miles la que visitan la Basílica. La entrada sale 12 Euros y la duración del Tour es de una hora y media. El enlace a la página para sacar las entrada es http://www.audioguiaroma.com/necropolis-vaticano-entradas.php.

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