Parque Nacional Arthur Pass & Castle Hill

De chico, madre y padre solían llevarnos a mi hermano y a mi de vacaciones a la playa. Enero era sinónimo de Mar del Sur. Veranos enteros de recuerdos imborrables. Perdido y olvidado por sus hermanas mayores, se refugiaba de la muchedumbre, a solo 70 kilómetros de Mar del Plata y 17 de Miramar. Caminar por la única calle asfaltada era sinónimo de calma y parsimonia. Correr por la arena, entrar y salir del mar mil veces, construir castillos con la palita y los baldes, alquilar autos a pedal y desperdiciar tardes enteras jugando al Simpsons Arcade en la única casa de juegos. La costa y yo éramos uno.

De adolescente mi cariño por la playa se fue desvaneciendo. Empecé a sentir al mar frío y distante, pegajosa y molesta a la arena. Las incontables sombrillas una tras otra obligaron indefectiblemente a mi corazón a buscar un nuevo amor: La montaña.

Arthur´s Pass

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El Parque Nacional Arthur´s Pass, el tercero más antiguo de Nueva Zelanda, es el paso obligado para ir de este a oeste en la isla sur. Su nombre hace homenaje a Sir Arthur Dudley Dobson, quien fue el primer hombre en atravesarlo. Lejos está, sin embargo, la finalidad que tenía en aquella época de unir Christchurch con la fiebre del oro que se gestaba del otro lado de la montaña.

Salí temprano, junto a Sabrina, otra argentina trabajando en Christchurch, para aprovechar al máximo el día. El efímero pueblo, base del Parque Nacional, nos recibió con temperaturas invernales, comunes sobre estas latitudes. Nos abrigamos y entramos a la única sala de información del parque. Después de una charla de 10 minutos con uno de los guías, decidimos que nuestra caminata sería –ida y vuelta- de aproximadamente 4 horas. Nada mal para empezar a acostumbrar estos pies a explorar nuevos mundos.

Devil´s Punchbowl - Arthur Pass

Devil´s Punchbowl – Arthur Pass

Adentrarse en Arthur´s Pass pone a prueba cada uno de nuestros sentidos. Caminar por un paisaje surrealista, quimérico, esperando inútilmente encontrar la olla repleta de oro al final del arco iris, admirar las tonalidades de los colores que brotan en todas direcciones como si fuera la paleta impresionista de Van Gogh, escuchar como el agua caprichosa baja desde de la montaña formando zigzagueantes arroyos, sentir la textura acolchonada del musgo y respirar humedad. Todo converge en un mismo lugar, abstrayéndonos momentáneamente del planeta tierra.

La primera de las paradas fue Devil´s Punchbowl, una cascada de más de 130 metros de alto. Media hora de subidas y bajadas que ponían a prueba un estado físico que dista mucho de ser el óptimo. Por momentos eran las escaleras quienes arrebataban mi aliento, por otro, el paisaje. Volvimos sobre nuestros pasos para retomar el Arthur´s Pass Walking track. Por momentos el bosque nos envolvía, permitiendo pasar solo algunos resquicios de luz de un sol que no se atrevía a salir.

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Llegamos, luego de otros 45 minutos, a la ruta nuevamente. Evaluamos nuestro estado, como midiendo agua y aceite de un viejo carcacho, y acordamos seguir camino hacia Bealey Chasm. El frío se hizo presente, y las primeras gotas de lluvia cayeron en mis manos. No nos importó, estábamos determinados a llegar al menos a la meta que nos habíamos propuesto. A mitad del camino nos topamos con un claro, el bosque se abrió de repente. A nuestra izquierda, el musgo añejo había decidido convertirse en suelo, dejándonos experimentar lo que se siente caminar sobre esponjosas nubes, una sensación que me transportó mentalmente a esas precarias islas de totoras construidas sobre el lago Titicaca.

Con el objetivo cumplido, volvimos al pueblo, colgando los pies para la próxima ocasión que Nueva Zelanda invite.

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Castle Hill 

Antes de volver a Christchurch decidimos hacer una última parada, amenazada intermitentemente por una indecisa llovizna. Castle Hill se convirtió en mi representación literal de como concibo Casterly Rock, bastión de la casa de los Lannister, en Juego de Tronos. Un castillo sin rey, pero de una grandeza natural. Observo tamaño espectáculo y quedo completamente mudo. ¿Cómo es que llegaron estas rocas acá? ¿Obra de la madre naturaleza o de seres de otro planeta? No importa, están aquí -ahora- para regocijarme los ojos y colmar el alma.

Nueva Zelanda sigue siendo una caja de sorpresas, de esas que dejan marcas cada vez que meto la mano para sacar una.

Castle Hill - Nueva Zelanda

Castle Hill – Nueva Zelanda

Imponente

Imponente

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