Pangaimotu o la Isla de Nunca Jamás

Les voy contar un secreto, un pequeño descubrimiento, de esos que solo encontrás cuando estás viajando. Es sobre una isla, mágica, ubicada en el último reino existente de todo el pacífico. Por más que busquemos no encontremos piratas con parches en los ojos ni tesoros escondidos, no existe un humo negro que la recorra en busca de víctimas, ni tiene propiedades curativas y sin embargo este pedacito de tierra tiene un poder único, y maravilloso, el de convertir en niños a los adultos que la visitan. Esta es la historia del día que olvidé mis responsabilidades en tierra y volví a sentir la felicidad en su forma más pura e ingenua.

Paraíso Terrenal

Paraíso Terrenal

El sol brillaba imponente en lo alto de un cielo azulado. Se hacia difícil encontrar una nube que amenazara con estropearlo. Unos días atrás había decidido volver a Pangaimotu por segunda vez, en esta ocasión junto a Roberto y Annika, una pareja Mexicano-Alemana que recorrió un largo trayecto desde Alemania hasta Malasia solo sobre dos ruedas. Esa misma mañana, antes de salir, un cuarto integrante se sumó al grupo. Bruno, desde el norte de Italia, había decidido tomarse unos meses del arduo trabajo de construcción en Nueva Zelanda, para pensar que haría de su futuro. Fue así como el destino juntó a 4 personas de diferentes rincones del mundo, las trajo a Tonga, y las puso en un bote hacía un pequeño -casi invisible- punto en el medio del océano pacífico.

El agua, calma y cálida, invitaba a zambullirse. Desde la orilla miraba como Bruno iba y venía, sin indicios de cansancio, de un lado al otro de la playa. Roberto y Annika chapoteaban juntos unos metros más allá. Costó decidirme, básicamente porque nunca fui un fanático del mar. Desde chico que me da miedo el agua. No sé con exactitud porqué, pero siempre le huí a las profundidades de lo desconocido, siempre el “no hacer pie” me generaba un mundo de inseguridades que se multiplican a cada paso en mi cabeza. Pero en algún momento eso tenía que cambiar, y qué mejor momento que ahora.

Pangaimotu

Pangaimotu

Convencido caminé hacia la orilla, me adentré hasta que la mitad de mi cuerpo estaba bajo el agua y me lancé. El sabor a mar golpeó mi paladar. Nunca lo había sentido tan salado. Dicen que la sal ayuda a cerrar heridas, y quizás esta me ayudaría a cerrar una que tenía desde chico. Nadé estilo sapo, el único estilo que parece haberse grabado en mi mente de mis antiguas clases de natación, y llegué hasta lo hondo.  Lo había logrado, todavía pataleando y moviendo mis brazos, dibujé una sonrisa en mi rostro. Ya no quería salir del agua. Los años de trabajo, de responsabilidades, de comportarme socialmente como debía habían desaparecido. Ahora quería jugar, libre, inmaduro, sin horarios ni ataduras. Eramos mis amigos, el agua y yo.

Annika desapareció por unos momentos, y pareció haber escuchado mis gritos desesperados de niñez, cuando al rato volvió con dos pistolas de agua en la mano. Mis ojos se abrieron de par en par y no pude evitar vociferar, con algo de desesperación, “Dame una, por favor“. Al minuto, chorros de agua volaban a diestra y siniestra. Disparamos a todo lo que se movía. Simulamos disparos al estilo de Matrix y duelos del lejano oeste. Eramos niños sin la supervisión de nuestros padres.

A lo lejos se empezaron a escuchar risas. Bruno se tiraba desde lo alto de una soga, atada a un palmera, directamente al mar. Una hinchada repleta de Tonganos festejaba y vitoreaba cada uno de sus intentos. Todos querían intentarlo. No importaba cuando alto, o cuán lejos llegaras, el premio era para todos por igual, y venía en forma de descontroladas carcajadas.

Pangaimotu

Pangaimotu

Había llegado el momento de volver. Me subí al bote con una cara de felicidad de esas difíciles de ocultar. Frente a mi iban Roberto y Annika, a mi derecha, parte de una familia Tongana, y a mi izquierda, un señor de unos 60 años, seguramente del reino también, que había subido con un vasito de alcohol en mano. De repente se empezó a escuchar “Have you ever seen the rain?” de Creedence y como si la magia del lugar siguiera intacta, el tongano comenzó a cantarla a viva voz, sin miedos ni vergüenza. Fue tal el efecto domino que logró, que nadie pudo resistir unírsele. Y ahí estábamos todos, cantando, aplaudiendo, riendo. Miré a mi alrededor, a las caras de alegría de la gente. Me sentí inmerso en una película de viaje, justo cuando el personaje principal llega al punto de mayor conexión con su travesía, cuando finalmente encuentra lo que salió a buscar. Fui un privilegiado que gracias al destino había podido vivir un momento, un día, sublime. “Con qué poco se puede ser feliz” – pensé. A veces nos hacemos tanto problema por cada cosa, porque el auto no arranca, porque se rompió el celular, y nos olvidamos lo simple y lindo que es la vida, lo hermoso que es estar vivo. Quizás hay que dejar de comportarse como adultos y empezar a ser niños más seguido.

Hasta la vuelta, Pangaimotu

Hasta la vuelta, Pangaimotu

Deja tu comentario: